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¡Qué padres!: ¿A quién te pareces?

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PobreEl mejor 

253x190_55474Aunque suene trillado, cuando estás embarazada no puedes dejar de imaginar cómo será y a quién se parecerá tu bebé. En mis dos embarazos quería que mis bebés tuviesen ojos grandes, como Alfredo. Y mis cejas, por favor.

 

Pero no mi nariz, no porque no me guste, sino porque no le gusta a muchos. Recuerdo diversos comentarios, desde mis primos hasta los de mis amigas. No es que sea terrible, me decían, simplemente no es perfecta. Cuando niña, yo miraba mi nariz y pensaba que aunque no era recta, combinaba con mi rostro.

El último cometario que recibí fue en España, hace unos diez años. Alguien me dijo que si no fuera por mi nariz pasaría por española. "¿Por qué?", pregunté. "Porque es nariz de indígena, de los indios de América". Fue un piropo, pues Carlos, mi amigo, admira los rostros indígenas, dice que son hermosos.

Con respecto a mis hijas, no sé si mis peticiones se escucharon, pero ambas tienen ojos grandes, lindos, y cejas delineadas. Y he suspirado aliviada porque no heredaron mi nariz.

"Yo no me parezco a mi papá", comentó un día Alú, la mayor, luego de que por enésima vez alguien le dijera que era igualita a él. Camy la secundó: "Alú es niña, no como mi papá; él es niño". Entendí su lógica y traté de explicarles porqué nos parecemos los papás y los hijos.

A Camy no le interesó mucho y se fue a jugar. Alú me dijo que ella era como su hermanita y que las dos se parecían a mí.

-"¿Sí? ¿Y en qué te pareces a mí?", le dije mientras la sentaba en mis piernas y nos veíamos con sonrisas cómplices.

-"En los ojos… Tú le pediste a Dios que yo tuviera el color de tus ojos".

-"Muy bien, pero mis ojos no son tan grandes como los tuyos y mis pestañas no son largas. En eso te pareces a papá. Así, tienes algo de los dos y tus ojos son más hermosos".

Entre risas, Alú empezó a tocarme los ojos y las pestañas y luego lo hizo con los suyos. "¡Sí, es cierto!", dijo.

-"También heredaste mis labios, y mis orejas… y qué bueno que tienes la nariz de tu papá", le comenté mientras rozaba con su dedito mi rostro.

-"¿Por qué, si la tuya es más divertida?", soltó con una mirada pícara.

-"¿Más divertida?", le pregunté sorprendida, "pero si la de papá es más bonita".

-"Nooo, mira, toca... ¿Ves?.. tiene una bolita divertida, se puede jugar con ella… me gusta tu nariz. ¿Por qué yo no tengo una bolita como la tuya?", dijo mientras me daba un beso en esa "bolita".

-"Porqué te tocaron mis ojos y mis cejas, traviesa, no se puede todo", le susurré mientras le hacía cosquillas.

Los niños perciben de forma extraordinaria las emociones de sus padres. Alú notó mi incomodidad y trató de curarme. Su beso estuvo envuelto en esa magia que tienen los besos de mamá, capaces de acabar con el llanto.

Es curioso: nos hemos preparado para formar la autoestima de nuestras hijas, para que se conciban como personas íntegras, seguras de sí mismas. Pero ellas me enseñaron que no basta con susurrarles al oído cada noche lo inteligentes y bonitas que son, entre una letanía completa de adjetivos que resaltan no sólo lo físico o lo intelectual, también lo emocional y lo espiritual; tampoco basta con ponerles límites y darles disciplina, con amarlas y rodearlas de afecto.

Para que sean seguras, necesitan también que sus padres se acepten a sí mismos, hasta en los pequeños detalles. Que aprendan a no sentirse incómodos por los comentarios que sobre sus personas o su estilo de vida, hacen otros.

Porque hasta el más guapo, fuerte, rico o inteligente, tiene "una bolita en la nariz" y debe reconocer esa pequeña fragilidad para estar listo a recibir un beso reparador.
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