El ídolo argentino deja huellas inolvidables
- Miriam Fernández-Soberón
Nueva York — Aunque la noticia no me tomó por sorpresa ya que su salud se iba deteriorando poco a poco, no pude dejar de llorar su muerte. Sandro fue parte de mi vida, de mis recuerdos de adolescente. Los más tiernos de ellos pasaron fugaces por mi mente. Este artista me llenó de ilusión, de admiración y hasta de pasión.
Este hombre fue único en su estilo y personalidad, algo no tan fácil en aquel entonces en que la competencia era mucha y buenísima. ¿Qué si lo vamos a extrañar? Sí, pero lo recordaremos en su inmenso repertorio de éxitos.
Lo conocí cuando aún no era periodista. EL DIARIO/LA PRENSA tenía allá a mediados de los años sesenta, un concurso para elegir al “Cantante del Año”. El certamen era por medio de cupones que salían cada día, cada cupón era un voto y la “Competencia Rosa” surgió entre Sandro “El Gitano”, y Raphael “El Niño de Linares”. En estos momentos no recuerdo quien resultó ganador, pero para los clubes de admiradoras ambos lo eran.
A lo largo de mi carrera tuve oportunidad de entrevistarlo varias veces. La última fue en marzo del 2007 para este rotativo, con motivo de un disco muy especial “Sandro Secretamente Palabras de Amor” (Para escuchar en penumbras), dedicado a sus “nenas” como cariñosamente llamaba a sus admiradoras. Cuando escuché su voz desde su Buenos Aires del alma, no pude evitar emocionarme, —es más fácil cuando a una no le ven— y él lo notó, nos reímos y ya en confianza, me dio una de las entrevistas imborrables en mi ya larga trayectoria.
Entonces Sandro ya no podía viajar, y no cantaba desde hacia un año. Padecía de efisema y bronquitis crónica. Me dijo: “Ay madre, como me gustaría ir a Nueva York, aquí estamos luchando, unos días buenos y a veces de retroceso, es una enfermedad realmente espantosa, vivo con la esperanza que tenemos todos de que aparezca la droga mágica”.
Durante nuestra charla hizo un par de recesos para tomar aire del tanque de oxígeno que siempre le acompañaba.
Se arrepintió de haber fumado tanto. “Como no me voy a arrepentir de haber fumado, si estoy atado a un tanque de oxígeno. Fui un hombre que luché por mi libertad...”.
A Sandro no le gustaba hablar de su vida sentimental. Cuando le pregunté cómo era su vida amorosa, me respondió: “En el amor estoy fantástico, ella se llama Olga es una mujer fantástica que me mandó Dios ahora… digamos en éste recodo de mi vida y nos complementamos de una manera maravillosa”.


